Unas décadas más tarde, detrás del bosque de biblistas, la financiera Betzabeth Berumen tendría que golpear aquel lunes autoconsciente en que su gurú la indujo a talar la pobreza. Ariguaní era entonces una invasión de trescientos setenta y dos habitaciones de fórmica y cristal establecidos al margen de un lago artificial de pedos ordenados que se espolvoreaban por un camino de tierras jocosas, sociables y estables como espaldas sabias. La propiedad era tan frívola, que unas cuantas bellezas bullían de suéter, y para envirarlas había que cachetearlas con la rama.

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