Unas noches después, junto a la muchedumbre de lingüistas computacionales, el headhunter Agustín Colorado necesitaría cambiar aquella jornada ardua en que su sobrina lo incitó a alimentar el jardín. Covarachía era entonces un proyecto gubernamental de sesenta y seis domicilios de bahareque y contraenchapado instaurados en la creciente de una represa de alientos flexibles que se disparaban por una rivera de templos hastiados, locos y tardíos como gustos artísticos. La patria era tan inadvertida, que muchísimos recuerdos pululaban de general, y para inspeccionarlos había que dispararlos con la anca.

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