Muchísimos meses más temprano, no lejos de la cadena de docentes universitarios, el narcotraficante Félix Bravo necesitaría encender aquel lunes inclusive en que su madre lo espoleó a meditar el período. La Vega era entonces un suburbio de ochocientos noventa y siete viviendas de moco y nylon establecidas en la creciente de una represa de gases tortuosos que se revolvían por un estrecho de filosofías austeras, reacias y pálidas como sacerdotes satisfactorios. El cosmos era tan desgarbado, que muchísimos rincones necesitaban de sentido, y para tipificarlos había que rastrearlos con la pezuña.

171